EL ORBE
DESCALZO:
EL PARO
REGIONAL DESDE LOS OJOS DE MI VENTANA (miércoles)
El sol fue el único ser que no
tuvo inconvenientes rumbo a su destino.
Era de esperar. Tiene movilidad propia.
Hoy fue uno de esos días en que suelo ganarle
unos minutos al despertador. Mientras éste, en su credulidad, creyendo haberme derrotado,
con petulancia empezaba a rugir en la
habitación con sus estentóreos cantos matutinos. Yo en calzoncillos _duermo
así_ contemplaba el negativo
de la realidad que mi ventana me
preparaba para hoy en un marco de 2 x 1.50
metros. Entonces para demostrar que yo
había ganado una vez más fui a hacerle notar con un sutil apretón en la sien. No
sé si por la humillación u otro motivo siempre se calla en el acto.
Volví a la ventana. En definitiva el paro regional
programado para hoy cumplía su cometido. Ni un solo ruido de motor a la
distancia, y desde el cuarto piso de mi humilde hogar veía con atención a todas
las personas en su andar, de abajo hacia arriba y viceversa. Unos con una
económica paciencia como si disfrutaran de su caminata. Otros en cambio, con los rostros crispados y
los pasitos acelerados como quien sabe que va a llegar tarde a su destino. Al
parecer no fui el único en percibirlo, quienes lo vivían en carne viva eran sus respectivas sombras que por
instantes se retrasaban de sus amos y
estoicamente recuperaban el ritmo. Creo que es una de las pocas ocasiones en que
las personas tienen dominio sobre ellas.
Como cada vez
que tengo tiempo, empiezo el día con un buffet de ejercicios_ la figura no se mantiene
por arte de magia_. Y es como sigue:
150 planchas en
150 series de 1.
250 abdominales
en 250 series de 1.
150 sentadillas
en series de que les importa.
Y otros
ejercicios improvisados, adaptados a la
ergonomía de mi cuarto, para luego tomar una ducha fría. En esta parte no seré explícito por las mordazas de pudor de este servidor.
Por cuanto el amable lector tendrá que esperar lo que dura mi baño, 10 minutos.
Tic tac, tic tac, tic tac… 10 minutos después.
Acto seguido de haber sosegado el volcánico sueño de la
noche anterior. Me vestí como a mí me gusta estar en casa: con el polo más
ancho, lo propio con el buzo y mis sandalias azules. Me preparé el desayuno y
no supe más de lo que percibía mi ventana.
No obstante mi
genio pudo más, la curiosidad era tremenda, apenas hube terminado de alimentarme me asomé nuevamente. Cada vez más
personas se sumaban a la pasarela de la caminata obligada. Cada uno con su
asunto, indiferentes los unos de los otros. Era como una película vista desde un solo plano estático_ plano
conjunto_: miradas blancas, negras, verdes, azules, marrones, amarillas;
maquillajes que se derretían y caían por los rostros como lagrimas
heridas, amenazando con desnudar aquellas
secuelas de acné que una abochornada dama quería esconder; novios cargando a su
novias, novias cargando a sus novios; un desfile de bicicletas de todos los
tamaños y todas las marcas. En tanto, la calor tratando de ser cada vez más
drástica en su inútil afán de advertir a
la gente, de que no es su intención, que escapa de sus abrasadoras manos, que de seguir perforando la capa de ozono a
lengüetazos de contaminación, tendremos que atenernos a las infernales consecuencias.
Me preguntaba,
dónde se dirigían todas las personas, qué pasaría si esta situación fuera así al menos un mes _que todos
caminemos_. Lo que si pude advertir con diafanidad es que al menos en estos escenarios, todas las
razas, clases económicas y un largo etcétera de contradicción sociales, se
disolvían dentro de un crisol del mismo cielo_ penosamente cada uno
en su mundo_. Todos caminaban: el abuelito
que recogía botellas, sospecho
que para luego venderlas; la madre soltera con sus dos criaturas; los chibolos
con su skates; la pituca con sus lentes de sol y un paraguas; las chicas
guapas ofrendando al sol su venustidad; la
chica rica con su mini, aunque no despertaba miradas, los ojos también estaban
afectados, laxados todos ellos, no querían
ver otra cosa que no fuera un lugar fresco y sombreado; los mataperros
que siempre andan en grupo, las niñas con sus papis; mas bicis; peloteros
persiguiendo el balón en una loza improvisada, y un sinfín de personas
resueltos en sus actividades. Inmutables.
Volví a dejar
el espectáculo para ir a almorzar. A los tres de la tarde aproximadamente me acerqué nuevamente a mi
suave ventana para continuar con el ensayo de teatro que nunca tiene fecha de estreno, estaba
nublado, ya no me quedé más. Pues tenía que tipear esta historia para que tú la
leyeras.


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