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jueves, 22 de octubre de 2015

EL ORBE DESCALZO: EL PARO REGIONAL DESDE LOS OJOS DE MI VENTANA (miércoles)

EL ORBE DESCALZO:

EL PARO REGIONAL DESDE LOS OJOS DE MI VENTANA (miércoles)

El sol fue el único ser que no tuvo inconvenientes rumbo a su  destino. Era de esperar. Tiene movilidad propia.

Hoy  fue uno de esos días en que suelo ganarle unos minutos al despertador. Mientras éste,  en su credulidad, creyendo haberme derrotado, con petulancia  empezaba a rugir en la habitación con sus estentóreos cantos matutinos. Yo en calzoncillos _duermo así_  contemplaba el  negativo  de la realidad que  mi ventana me preparaba para hoy  en un marco de 2 x 1.50 metros. Entonces para demostrar  que yo había ganado una vez más fui a hacerle notar con un sutil apretón en la sien. No sé si por la humillación u otro motivo siempre se calla en el acto.

Volví a la ventana. En definitiva el paro regional programado para hoy cumplía su cometido. Ni un solo ruido de motor a la distancia, y desde el cuarto piso de mi humilde hogar veía con atención a todas las personas en su andar, de abajo hacia arriba y viceversa. Unos con una económica paciencia como si disfrutaran de su caminata.  Otros en cambio, con los rostros crispados y los pasitos acelerados como quien sabe que va a llegar tarde a su destino. Al parecer no fui el único en percibirlo, quienes lo vivían en carne viva  eran sus respectivas sombras que por instantes se retrasaban  de sus amos y estoicamente recuperaban el ritmo. Creo que es una de las pocas ocasiones en que las personas tienen dominio sobre ellas.

Como cada vez que tengo tiempo, empiezo el día con un buffet de ejercicios_ la figura no se mantiene  por arte de magia_. Y es como sigue:

150 planchas en 150 series   de 1.
250 abdominales en 250 series de 1.
150 sentadillas en series de que les importa.

Y otros ejercicios improvisados,  adaptados a la ergonomía de mi cuarto, para luego tomar una ducha fría. En esta parte no  seré explícito  por las mordazas de pudor de este servidor. Por cuanto el amable lector tendrá que esperar lo que dura mi baño, 10 minutos.

Tic tac, tic tac, tic tac… 10 minutos después.      
                                  
Acto seguido de haber sosegado el volcánico sueño de la noche anterior. Me vestí como a mí me gusta estar en casa: con el polo más ancho, lo propio con el buzo y mis sandalias azules. Me preparé el desayuno y no supe más de lo que percibía mi  ventana.

No obstante mi genio pudo más, la curiosidad era tremenda, apenas hube terminado  de alimentarme me asomé nuevamente. Cada vez más personas se sumaban a la pasarela de la caminata obligada. Cada uno con su asunto, indiferentes los unos de los otros. Era como una película vista  desde un solo plano estático_ plano conjunto_: miradas blancas, negras, verdes, azules, marrones, amarillas; maquillajes  que se derretían  y caían por los rostros como lagrimas heridas, amenazando  con desnudar aquellas secuelas de acné que una abochornada dama quería esconder; novios cargando a su novias, novias cargando a sus novios; un desfile de bicicletas de todos los tamaños y todas las marcas. En tanto, la calor tratando de ser cada vez más drástica en su inútil afán  de advertir a la gente, de que no es su intención, que escapa de sus  abrasadoras manos,  que de seguir perforando la capa de ozono a lengüetazos de contaminación, tendremos que atenernos a las infernales consecuencias.

Me preguntaba, dónde se dirigían todas las personas, qué pasaría si esta situación  fuera así al menos un mes _que todos caminemos_. Lo que si pude advertir con diafanidad  es que al menos en estos escenarios, todas las razas, clases económicas y un largo etcétera de contradicción sociales, se disolvían  dentro de un  crisol del mismo cielo_ penosamente cada uno en su mundo_. Todos caminaban: el abuelito  que recogía  botellas, sospecho que para luego venderlas; la madre soltera con sus dos criaturas; los chibolos con su skates; la pituca con sus lentes de sol y un paraguas; las chicas guapas  ofrendando al sol su venustidad; la chica rica con su mini, aunque no despertaba miradas, los ojos también estaban afectados, laxados todos ellos, no querían  ver otra cosa que no fuera un lugar fresco y sombreado; los mataperros que siempre andan en grupo, las niñas con sus papis; mas bicis; peloteros persiguiendo el balón en una loza improvisada, y un sinfín de personas resueltos en sus actividades. Inmutables.

Volví a dejar el espectáculo para ir a almorzar. A los tres de la tarde  aproximadamente me acerqué nuevamente a mi suave ventana para continuar con el ensayo de teatro  que nunca tiene fecha de estreno, estaba nublado, ya no me quedé más. Pues tenía que tipear esta historia para que tú la leyeras.



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