CARTA A JULIE:
UNA GOTA DE LLUVIA
INMARCESIBLE
En ese momento descubrí
que de la combinación de rojo con el agua también puede obtenerse el color
gris. Ella estaba allí, tendida debajo de un techo de lluvia. Su sangre
salpicada a su alrededor parecía una cama de rosas derramadas, sobre ella yacía
solemne, hasta en la orilla de la muerte: mi dulce Emma.
Horas antes
habíamos salidos de un performance artístico a cargo de un colectivo que se
hacía llamar “Imperio Artista”, una agrupación integrada por jóvenes que hacían
de los talentos individuales de sus integrantes una forma de herramienta para
realizar ayuda social, al mismo tiempo que exponían sus trabajos artísticos,
que era su esencia, o algo así fue lo que entendí cuando se presentaron en su
exposición.
Esa tarde llovía
intensamente, pareciera que el cielo tuviera grietas y se derramaba a gritos el
agua que contenía. Pero no era
impedimento para nosotros, a ambos nos fascinaba la lluvia y decidimos caminar
cogidos de la mano, compartiendo un solo paraguas.
Pasamos parques,
colegios, cafeterías y más. Teníamos literalmente el mundo solo para los dos,
las personas estaban regocijadas en cualquier parte que tuviera techo, mientras
nosotros aprovechábamos quizá el único momento en que no tuviéramos que chocar en
el tumulto con otras personas, éramos libres. Las personas nos miraban como
bichos raros, nos daba igual, si hiciéramos caso a las conjeturas y miradas
extrañas, cuántas cosas nos perderíamos los seres humanos. Nos dirigíamos a
nuestro hogar, un pequeño departamento, pero lo suficientemente grande para dos
tortolos enamorados: para el amor, las reuniones, las discusiones y las
resoluciones de conflictos que terminaban siempre en arrebatamientos de pasión.
Luego de un
tiempo de caminata bajo el cielo agujereado, caímos a la avenida Las Culturas,
la lluvia se veía trémula, en un solo ritmo, monótona. De pronto llegamos a
nuestro café favorito, por la ventana empañada con dificultad se apreciaba unas cuantas
personas refugiándose en tazas de bebidas calientes acompañadas de una variedad
de pasteles: especialidad de la casa.
Le pregunte si
quería que nosotros también descansáramos un momento, que si era suficiente por
hoy de travesuras. Ella presionó fuertemente mi brazo como diciéndome que no quería,
pero yo insistí, esta vez le propuse comprar unos pasteles para llevar a casa.
_ya que
insistes. Me obligarás a preparar un café, pero todo sea porque te amo, ve,
adelante, te espero_ respondió_ con su típica sonrisa blanda que me enamoró
desde la primera vez.
Así fue, la dejé
en el mismo sitio donde nos detuvimos, cubriéndose con el paraguas que
estoicamente soportaba las bofetadas del viento. Unos minutos después, cuando recibía
los dos soles de mi vuelto, un golpe en seco se oyó desde afuera. Giré
violentamente mi mirada hacia ella: un paraguas negro bailaba en el aire,
ensayando unos movimientos atípicos, como si no dominara aun el ritmo del nuevo
son que empezaba a marcar la lluvia, era una música lóbrega y hermosa a la vez,
como cantos de cisnes, como cantos de sirenas, como la lira de los ángeles, y
al paraguas comenzaba a descender como una pluma en sus primeros días de clases.
![]() |
| imagen tomada de Internet |
Cuando cayó por
fin, me estremecí, Emma había desparecido del cuadro de la ventana, dejé todo y
corrí a la puerta, lo que vi después lo sentí como si una ola gigantesca me
cayera del cielo y me hiciera pedazos, y más pedazos de mis pedazos hasta
quedar hecho lodo.
Mi Emma, mi
dulce Emma agonizaba, la lluvia caía sobre ella como quien se apiadara y tratara
de revivirla como a una marchita flor, como si cada gota le dijera “aguanta,
qué será de Mac sin ti” en definitiva era cierto. Qué sería de mí sin ella.
La tenía en mis
brazos, gritaba hasta sentir sangrar mi garganta, pero la lluvia que en ese
momento acrecentaba en intensidad, censuraba mis intentos por pedir ayuda, mi desesperación.
Mientras su cuerpo imperceptiblemente aún caliente, se distinguía de la gélida
piel de la tarde de aguacero.
Advertí que
lloraba, sus lágrimas no se confundían con la lluvia, sus lágrimas eran
diáfanas como gotas de diamantes. Sentí una gran culpa, el pecho se me
infestaba de abejas asesinas. “si no hubiera insistido con detenernos, no
estaría pasando esto” _pensaba en voz alta.
Sus brazos
languidecieron, sus cabellos dejaron de respirar, sus ojos comenzaban a
marchitarse, sus labios comenzaron a perder su color, su piel se mimetizaba con
las nubes, al final, todo su cuerpo murió, recostada en mis brazos, mientras yo
también moría en vida.
Esta vez mis
gritos rompieron la alharaca de la lluvia. Todos corrían hacia la escena,
tenían los rostros crispados, algunos se desesperaban, otros gritaban, uno que
otro parecía que intentaba llamar a alguien. De pronto traspuse la mirada a mi
derecha: allí estaba él, el asesino, tendido en el piso; su auto estaba
empotrado en la esquina de la farmacia. Mis ojos se clavaron en su cuerpo
adiposo, si hubiera podido arderlo con la mirada no hubiera dudado, qué me
importaba si esa mierda estuviera muerto. Estaba fuera de mí, quería levantar
su cuerpo y volverlo a matar, mis ojos se perdían entre él y mi amada, entre mi
amada y él. Cuando sentí una mano en el hombro: era un bombero.
Desde ese día
odiaba la lluvia con todas mis fuerzas, me parecían lágrimas cínicas de un
cielo sin corazón o del que se esconde detrás. La odiaba más porque ni cuando
tuve que enterrarla dejó de caer sobre mí, musitando en mis hombros mi tragedia,
burlándose; porque resulta que el maldito que la atropelló estaba en estado de
ebriedad, y perdió el control por la lluvia _ eso arrojó las investigaciones_;
porque sus padres me recriminaron el haber permitido que caminara por la
lluvia, hasta los míos lo hicieron. Parecía
que en todas mis desgracias ella, la lluvia, estuviera presente. Lo
contradictorio era que cuanto más la odiaba más me gustaba caminar bajo ella,
pensaba que así tal vez podría encontrarme con Emma. Y al parecer tendría que
vivir con la lluvia mucho tiempo más, pues los pronósticos indicaron que continuaría
al menos por medio año.
![]() |
| imagen tomada de Internet |
Dos meses
después de lo sucedido, salía del trabajo que había conseguido en una
universidad particular como docente de Lengua y Literatura. Era diciembre,
faltaba dos días para Navidad. Llovía, decidí recorrer el mismo camino del día
de mi tragedia, así que me dirigí a la puerta de la exposición, era lógico que
estuviera cerrada. A partir de allí caminé por cada lugar que recorrimos ese día,
cada pisada, cada parada, hasta llegar al café.
Divisé por la ventana, había gente como esa vez. Me detuve un largo rato
recreando cada imagen, tratando de imaginar otro final. De pronto me dio unas
ganas incontrolables de entrar, quería volver a la escena desde adentro y así
lo hice: pedí un café con un Pie de Fresa y me ubiqué en una mesa junto a la
ventana.
Sin sorber gota
alguna, solo comiendo el Pie me sumergí en la lectura de una antología de
poesía, sospecho haberme ausentado al menos media hora. Un relámpago que detonó cerca me hizo
despertar, cogí el café, ya estaba frio, levanté la vista y vi una mujer
afuera: era delgada, espigada, esbelta, estaba parada mirando al cielo en el
mismo lugar en que había muerto Emma, me turbó tanto que estuviera allí, en
plena lluvia, sin paraguas. Me vi revuelto en un crisol de sensaciones ambivalentes,
sentí celos porque ocupaba el lugar de mi Emma, pero al mismo tiempo me sentía
cautivado por su figura, refulgía como una flor de plata, y parecía que un
arcoíris jugaba a su alrededor. La contemplé por un buen rato, y no se movió un
ápice, por cuanto decidí salir, me cubrí con el paraguas y fui a su encuentro.
_ ¿Estás bien? ¿No
crees que te resfriarás si sigues así? _dije_ pero no me respondió, es más, ni
siquiera se molestó en volverse hacia mí.
_ ¿Te puedo
ayudar? Me llamo Mac, si deseas te puedo prestar mi paraguas_ insistí_ pero
parecía que la lluvia le hubiera cortado la lengua y la expresión o peor aún,
todos los sentidos, pues ni se inmutaba.
_ ¿Cómo te
llamas?_ dije, pensando ya en volverme al café. Cuando parecía que mis intentos
por ayudarla habían fracasado, susurró: “Julie”.
_ ¿Julie?
_sí, me llamo Julie
_ me respondió sin ninguna expresión en el rostro. Era hermosa, su rostro pálido
se asemejaba a la suavidad del alba al besar los ojos. Sus labios, sus ojos, su
nariz parecían ser mundos distintos, me perdía en cada uno de ellos.
Hacía mucho
frio, no aguantaba un instante más, con precipitación tomé su mano para llevarla
adentro y la sensación fue peor que abrazar un témpano de hielo, entonces tomé
su rostro, no era diferente: ella parecía esculpida en nieve, estaba
soberbiamente fría.
_ ¿Te sorprende?
_ me dijo,
_ La verdad, sí,
a esa temperatura otro hubiera sufrido de hipotermia
_ Vine por ti, tú
me llamaste
_ Creo que te
estas confundiendo de persona_ respondí atónito.
_ No es ninguna
equivocación ¿Sabes quién soy?
_ Claro, te
llamas Julie ¿Así te llamas, o no?
_Si me llamo así, pero te pregunté si sabias quien era yo.
De pronto se desenvolvió
con tanta naturalidad, casi parecía que ella me hubiera encontrado a mí, y empezaba
a sentirme así, extraño, como si ella conociera todo de mí, cuando juntó sus
manos con las mías sentí un calor irracional, toqué su rostro y para mi mayor
desconcierto también estaba tibia, acogedora.
_Te dije que
vengo por ti, porque hace tiempo sé que me odias, fue bajo mi regazo que
perdiste a tu amada, pero que a pesar de todo te refugias en mí. Debes saber
que hay una gota de lluvia para cada persona, y yo soy la tuya.
No podía creer
lo que oía, estaba hablando con una gota de lluvia, vi por la ventana, todo
lucia empañado, nadie nos veía, y no había una sola persona a nuestro
alrededor.
_Deja que entre
en tu corazón y deseche ese poso de agua negra que acumulas, que no te deja ser
feliz, que no te deja superar la muerte de Emma, ella está muy bien y me pidió
que te dijera que solo quiere que vuelvas a hacer tu vida, enamórate de nuevo,
vive, disfruta nuevamente de la lluvia, disfruta de mí.
Me parecía un vil juego todo lo que estaba
pasando, un artilugio, alguien jugaba conmigo.
_ ¿Y Cómo sé que
eres una gota de lluvia?_ pregunte con cierta incomodidad.
_Tranquilo, ya
es hora_ me dijo_, tomó mi rostro con sus manos y sentí una corriente de luz
por mi torrente sanguíneo “ya es hora de irme, pronto cesará la temporada, pero
me podrás tener en cualquier lugar que contenga agua, hasta en tus lagrimas
querido”. Acercó su rostro hacia mí, me dio un beso y comenzó a ascender y
perderse en el cielo, resguardada por menguados rayos de sol que comenzaban a
perforar las nubes.
Esa tarde, dejó de
llover. Tomé mis cosas del café y salí con un aire diferente. Esta suerte de serendipia me había devuelto
el hálito, no era una aparición de una mujer que me dijera “yo soy la que va a
estar toda la vida contigo” pero era una nueva esperanza, una nueva oportunidad
de vivir. Decidí llegar a casa a pie, era un trayecto largo, en ese mismo instante
me sentí tan inspirado, hace mucho tiempo había entrado en estío y dejado de
escribir, de su nombre ensayé un acróstico.
Jirones, solo jirones abrigo de este sueño
Undívago, vacío,
solo lleno de ti. Sobre mí
Leño un pájaro de papel canta, un cielo
Insomne riega albas taciturnas, los
días
Esparcen nombres: de mi costado nace el
tuyo.
…Al día
siguiente dejó de llover.
![]() |
| imagen tomada de internet |





0 comentarios:
Publicar un comentario